jueves, 5 de agosto de 2010


Volvía a casa del trabajo, el sol se escondía a lo lejos. Estaba cansada, aquel día el restaurante de comida rápida donde trabajaba había estado muy concurrido.
Llegó finalmente a casa. Se paró junto a la verja y las escaleras que conducían a la puerta y revolvió en su bolso, en busca de las llaves. Cuando por fin las encontró levantó la cabeza y miró fijamente al frente. Hubiera sido un atardecer precioso, si estuviera junto a la persona adecuada, en otro sitio lejos de aquel barrio y si no estuviera tan agotada.
Resignada, entró en la casa, quizás aquella mala vida que llevaba la estaba cambiando tanto como para llegar al punto de no apreciar las cosas bonitas de la vida.
Pero ella no podía permitirse aquel lujo. Dando un portazo dio espaldas al sol y esperó a que llegará la noche.

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