domingo, 29 de agosto de 2010


Siempre he pensado que a veces tenemos que tragarnos nuestro orgullo. En aquella ocasión lo hice, me moría de ganas de verle y a pesar de que me había prometido que no volvería a ceder caía de nuevo como una tonta en su trampa. Pero creo que hice bien en acudir a su llamada, pues si no lo hubiera hecho habría estado el resto del día, o incluso de mi asquerosa vida lamentándolo. Así que eso hice, me tragué el orgullo y con la poca dignidad que me quedaba corrí a su encuentro. Solo fueron quince, o quizá veinte miserables minutos en su compañía, no ocurrió nada importante, y no sé todavía si mereció la pena ir... el tiempo lo dirá, por ahora solo puedo sentarme a esperar, deseando que aquel momento haya servido para abrirle los ojos, para que sé de cuenta de una vez por todas quien es la que suspira por él en silencio y le observa cuando el no la mira, la que escribe su nombre por todas partes y la que es capaz de recorrer medio mundo y de cualquier cosa con tal de ver esa sonrisa y escuchar su voz.

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