miércoles, 4 de agosto de 2010

Emma era joven, apenas alcanzaba la treintena. Sin embargo su rostro estaba marcado por una temprana madurez y un agotamiento impropios de una mujer de su edad. A pesar de que tenía una buena figura descuidaba mucho su aspecto físico. Ya no se peinaba la melena con paciencia y delicadeza como antes, ahora simplemente se recogía el pelo en un moño para que no le molestara al hacer sus tareas diarias. Algunos mechones se le quedaban pegados a la sudorosa frente. En sus ojos había un vacío y en sus labios rara vez se pintaba una sonrisa.
Sus ropas estaban ya gastadas, pero no tenía demasiado dinero y siempre intentaba explotar al máximo cada trapo. En realidad aprovechaba todo, solo gastaba en lo imprescindible.

Estaba distraída recogiendo leña en la playa. La arena estaba muy sucia, y había muchos restos de madera que podían serle útiles para hacerle fuego y calentar la casa. Levantó la mirada y gritó:
Sam! ¡Vamos, hijo, es hora de irse!

El niño, con el cabello oscuro, y sonrisa desdentada la miró con aquellos ojos grandes, curiosos y verdes.
-¡Un poco más mamá! ¡Quiero jugar más!
-¡De eso nada, esta anocheciendo! ¡Pronto subirá la marea! ¡Es hora de cenar!

El niño, resignado, la siguió con la cabeza gacha. Se colocó a su lado y con sus pequeñas manitas intentó coger algo de leña para ayudar a su madre.
Emma, rió. Se sentía un poco culpable por se dura a veces con su hijo, además le hubiera gustado darle más caprichos, pero no era posible en su situación.
-Vamos, cielo - dijo, revolviéndole el pelo con la mano.

Sam echó a correr hacía la casa, con sus cortas patitas. Llegaron por fin, era una cabaña pequeña pero confortable, tenía estupendas vistas al mar.

Emma cerró tras ella la puerta, con sumo cuidado. Proteger a Sam era su prioridad. Una vez dentro encendió el fuego para que el pequeño se calentara y se puso a hacer la cena.

Eran unas humildes manzanas asadas, un trozo de pan y un poco de queso. Sin embargo Sam puso buena cara y no protestó.
Emma le miró con ternura, cada día se parecía más a su padre.
-Esta semana, si te portas bien intentaré conseguirte una chocolatina en el pueblo
-¿En serio? - preguntó Sam, con los ojos muy abiertos, ilusionado.
-Sí...¿o acaso preferirías otra cosa?
-Bueno... - dijo Sam, mirando al suelo - El otro día vi un barquito de juguete en el mercado... ¡Fabricado de madera! Y...¡me encantó!
-Sam - dijo Emma, incómoda - los juguetes son caros.

Sam se quedó pensativo un rato y dijo:
-Esta bien... Todos los meses me compras una chocolatina... Pues no me la compres. Guarda esas monedas y cuando tengas suficientes...¡me lo compras! - Sam sonrió.
Emma no pudo por menos que sonreír también:
-Esta bien - accedió - Ahora vete a la cama.

Sam rió y se fue a la camita que había en un rincón, al lado de la despensa.
Emma se acercó a él y le acarició el pelo, mientras le cantaba una nana para que durmiera. Una nana que el marido de Emma le cantaba a Sam cuando aún era un recién nacido. Cuando creyó que el niño estaba dormido se levantó, en silencio, pero Sam, medio dormido preguntó:
-¿Puedo pedirte otra cosa?
-¿Qué quieres, tesoro? - respondió su madre, con tristeza.
-Cuando sea un poco mayor quiero ser marinero. Pero un buen marinero, seré mejor que papá, nunca te dejaré sola, intentare que mi barco no se pierda nunca y volveré a casa a traerte miles de tesoros que habré encontrado en islas desiertas. Te traeré joyas, y vestidos. Y te haré una casita en el pueblo, más linda y grande que las de esos señores ricos. Tú serás la más rica, y la más bonita. Y todos estarán envidiosos, pero tú en cambio estarás orgullosa de mi.
-Ya estoy orgullosa de ti, Sam - dijo Emma, con dulzura.

Sam cerró los ojos lentamente. Las últimas palabras que susurró fueron:
-Y traeré de vuelta a papá...

Emma, con lágrimas en los ojos se acercó a la ventana a contemplar el oscuro mar. Ojala aquellas horas le trajeran de vuelta a su marido, ojala... Sam necesitaba un padre. Ella, a alguien que la ayudará y alguien que la amara de nuevo.

Suspiró y apagó la vela que iluminaba la casa. Luego se dirigió a su cama, enfrente de la de Sam, y decidió que ya era hora de dejar de soñar y descansar. Tenía que trabajar, tenía que comprarle el barquito a Sam. Con una sonrisa cayó rendida.



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