viernes, 23 de julio de 2010

Me incorporé en la cama, sobresaltada. Había vuelto a tener otra pesadilla, una de esas en las que me veía a mi misma sola, en medio de una carretera que se dividía en dos caminos. Todo estaba desierto, solo se oían los débiles graznidos de los pocos pájaros que adornaban el cielo. Pájaros negros. Pájaros negros, como siempre.

Miré a mi lado derecho, esperando ver aquella cara impregnada en sueño y cariño que me sonreía y susurraba un buenos días con voz ronca. Sin embargo, cuando vi que no estaba allí, fue como si recibiera una bofetada. Una bofetada muy fuerte.

Cierto, ahora estaba sola. Se había ido. Me levanté rápidamente, con una mueca de mal humor en mi cara hice rápidamente la cama y me dirigí al perchero que había detrás de la puerta para ponerme mi vieja bata azul. Mientras me la abrochaba me acerqué a la ventana, levanté la persiana al máximo y abrí la ventana. Asomé mi cabeza, el frío viento me alborotó la melena. El invierno estaba cerca.

Bajé las escaleras con pereza y prendí la radio de la cocina. El locutor hablaba de la bajada de temperatura. Me serví un cuenco de cereales de chocolate. En realidad nunca me habían gustado los cereales de chocolate, había empezado a comerlos cuando habíamos ido a vivir juntos. Ryan me había contagiado todas sus rutinas. También había cogido su estúpida manía de limarme muy cortas las uñas para no hacer daño cuando tocaba a la gente, incluso había empezado a leer novelas de misterio.

Cuando acabé los cereales posé el cuenco en el fregadero, de reojo miré por la ventana. El vecino de la casa de enfrente le daba un beso en la mejilla a su esposa, que había salido a despedirse de él. Que falsedad, sabía de sobra que tenían cientos de discusiones nocturnas, pero les gustaba guardar las apariencias delante de los demás vecinos del barrio, pensando que éramos tontos y no veíamos la realidad. Pasó la vieja señora, de cuyo nombre no estaba segura, que vivía tres casa a la derecha de la mía, paseando a su viejo perro. Era la típica mujer que esperaba con ansía las 6 de la tarde, para ir a la cafetería a merendar un pastel mientras cotilleaba con sus amigas.
El vecino arrancó el coche, mientras le decía adiós con la mano a su esposa. Suspiré mientras negaba con la cabeza. Me fijé en el cielo, estaba plagado de nubes grises de mala pinta, puede que lloviera. Entre las nubes navegaban pájaros negros. Pájaros negros, como siempre.

Me dirigí por inercia a la ducha. Lentamente me desnudé y dejé que el agua rozara mi piel. Al principio no pude contener un escalofrío porque estaba fría. Sin embargo enseguida mi piel se alivio con el agua caliente. Luego me vestí, de nuevo con aquella vieja camiseta que tanto le gustaba a Ryan. La miré. Estaba comenzando a perder su color, puede que fuera el momento de tirarla. Sin embargo...
Me miré fijamente en el espejo. Estaba algo ojerosa y pálida. Me recogí el pelo en una cola alta y luego me eché unas gotas de perfume.

Cogí mi chaqueta, la negra de cuero que me llegaba al cintura. Salí a la calle y cerré la puerta tras de mi, con llave. Iba a ir andando, pero hacía demasiado frío y me resigné, sacaría el coche.
Me adentré en el garaje, lleno de cajas de cartón que contenían recuerdos. Hacía un año que no habría esa caja,desde que la había cerrado. Ocupaban mucho espacio, pero me negaba a tirar las cosas de Ryan. O al menos aún no era el momento. El coche era pequeñito y viejo, lo habíamos comprado entre los dos, de segunda mano. Era de un color verdoso no muy bonito, con los asientos tapizados de un material imitación de cuero.

Salí de la vecindad y pronto me topé con los altos edificios del centro de la ciudad. Al instante me arrepentí de haber cogido el coche, el denso tráfico se acumulaba en la carretera principal. Suspiré y di golpecitos con los dedos en el volante, como si aquellos fuera a solucionar algo. La vieja radio del coche no funcionaba muy bien, estaba sintonizando una vieja canción de jazz. Cambié de emisora y volví a escuchar a aquel locutor que había escuchado mientras desayunaba. Gruñí y apagué la radio. Me fijé en el cielo, cada vez tenía peor aspecto, me apostaba lo que fuera a que iba a llover. De nuevo vi esos pájaros. Pájaros negros, como siempre.

Finalmente llegué a la empresa en la cual trabajaba como diseñadora gráfica. De nuevo una aburrida mañana en mi aburrido trabajo. Ya no estaba allí Ryan para venir a traerme una rosquilla y un café en el descanso de las 11. Miré el reloj con impaciencia. Después de la hora de la comida todo pasaba más rápido. Tic tac tic tac.

El reloj marcaba ya las 5 y media de la tarde, pronto sería la hora de volver a casa.
Entonces aquel chico tan mono que trabaja en la mesa de enfrente se acercó a mi. Se llamaba Eric, si mal no recordaba.
Ey! - saludó. Le miré. Tendría al menos 30 años, como yo, pero tenía esa especie de aura que le hacía parecer un niño todavía - ¿Qué tal va eso, Mel?
-Pues bien... - dije.
-¿Haces algo mañana por la noche?
-¿Cómo..? - pregunté, incrédula.
-Bueno, mañana es viernes... - dijo, tartamudeando.
-Ya... - dije levantando por fin la vista de la pantalla del ordenador.
-Pues me preguntaba - dijo con algo más de confianza - que si querrías tomar algo conmigo. Te invito oficialmente a cenar - parecía orgulloso.
-Yo..- me quedé sin palabras. Eric era muy mono, pero no quería cenar con él. No quería nada con él. Ni con él ni con nadie.
-Venga, ¿no te apetece?
-No es eso... -dije - Es que... Ryan... no sé si estoy preparada.
-¡oh,vale! Lo siento..
-No pasa nada, en serio... -dije.
Eric se alejó de nuevo a su mesa.

Llegaron las 6 y fue la hora de irse. Al fin. Salí a la calle, para dirigirme al aparcamiento a por el coche. Aún no llovía, pero el aspecto del cielo empeoraba.

Cuando salía de trabajar a veces pasaba por un café muy agradable a merendar algo. Aquella tarde lo haría.
Llegué a la vieja cafetería. Era pequeña y muy tranquila. Pedí como de costumbre unas tortitas. Como cuando estaba Ryan. Tenía mucha hambre.

-¿Cómo estas, Mel? ¿Todo bien el trabajo? - preguntó Claire, la camarera.
-Pues sí..
-A ti te pasa algo - dijo Claire. Me conocía de sobra. Ya iba allí cuando salía con Ryan, llevaba muchos años merendando aquellas tortitas.
-Bueno... - comencé - hoy un chico del trabajo me ha pedido salir a cenar... No sé, me ha dejado un poco "tocada".
-¿Y qué le has dicho? - preguntó Claire, expectante.
-¡Que no! Es muy mono y eso.. pero no puedo.
-¡Oh, Mel! ¡No me puedo creer que todavía...! ¡Ha pasado un año y medio! Ya va siendo hora de lo que superes, ¿no crees?
-No sé, Claire, todavía creo que no estoy preparada - dije mientras miraba fijamente el tenedor.

Después de la regañina de Claire salí del bar y me subí la cremallera de la chaqueta hasta la barbilla.
De nuevo en el coche prendí la radio. La música clásica invadió el coche. Relajadamente me puse a conducir, pero llegué más lejos que de lo habitual. Me dirigí, en parte consciente en parte sin querer al cementerio.

Me apeé del coche y comencé a recorrer, con paso lento, el caminito ya casi inexistente, borrado por el paso de los años.
A cada paso leía en las tumbas nombres. Todos desconocidos. Me fijaba en las fechas de su muerte y su nacimiento y calculaba la edad que tenían al fallecer. Intentaba imaginarme sus vidas.
De repente me paré en seco y me di cuenta de que aquel juego era muy macabro.

A paso rápido me dirigí a la tumba que buscaba.
Una lágrima se deslizó por mi mejilla. Ryan.

Me tumbé en el suelo, en la tierra, apoye mi cabeza contra la lápida y me hice un ovillo. Solo allí podía descansar en condiciones, porque era lo más cerca que podía estar de Ryan. Nunca le volvería a ver reír, ni volvería a tener con él una de nuestras tontas peleas sobre si sabía mejor la Pepsi o la Coca Cola. Ya no podría cogerle la mano para que me guiara, ni podría sentir su calor cuando me abrazaba, ni podría cobijarme en sus brazos las noches de tormenta cuando no podía dormir. Ya no intentaría enseñarme a jugar al póker. No volvería a probar sus macarrones. Ya no podría besarle nunca más.

Solo me quedaba mirar sus viejas fotografías. Abrazar su ropa intentando aspirar el aroma que aun podía recordarme a él. Recordar que cada instante a su lado había sido único. Solo podía seguir creyendo que algún día él y yo nos volveríamos a encontrar.

En ese momento comenzó a llover. Al principio con suavidad, luego con más fuerza. Miré el cielo. Pájaros negros volaban sobre mi. Pájaros negros, como siempre.


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