lunes, 26 de julio de 2010

Max apuró el último trago de vodka y luego arrojó la botella lejos, oyendo como mil cristales volaban en todas direcciones. Luego, haciendo un esfuerzo para no caerse mientras se apoyaba en la pared, consiguió ponerse en pie.
Cerró con fuerza los ojos y miró a ambos lados de la calle. Se llevó la mano al bolsillo y buscó con ansía su paquete de cigarrillos. Cuando por fin sacó uno lo prendió y dio con satisfacción la primera calada.
Se enfundó en su chupa de cuero y se dejó llevar calle abajo.

Miró en los cristales de las tiendas su reflejó. Su madre le había comentado la última vez que la había visto que sería un chico muy elegante si fuera por el camino correcto. Tenía una larga melena castaña y unos ojos verdes brillantes. A pesar de que no hacía ya ejercicio como en los viejos tiempos todavía conservaba algo de músculo. Suspiró y desvío la mirada al suelo. Se cruzó con un grupos chicas, vestidas con prendas de colores. Notó como ellas se apartaban de su paso cuando él se acercaba, y luego las oyó cuchichear entre ellas.

Como por inercia Max llegó a un bar, pequeño y sucio, como todos los que la gente como él frecuentaba. Gente pequeña y sucia. Gente invisible a los ojos de la sociedad, lo que la clase adinerada llamaba despojos humanos y los más escandalizados calificaban de "aborto".

Entró en el bar y se encontró con aquella serie de personajes. Aquella rubia de bote, que se dedicaba a la prostitución. Aquel canijo que tenía cara de asustado y que todos sabían que solo pensaba en drogas y más drogas, perseguido por muchos a los que debía dinero. También estaba la vieja limpiadora que solo tenía como diversión ir a aquel bar tras acabar su jornada de trabajo, esclavizada a la fregona. También estaba aquel chico moreno que no paraba de gritar y decir tonterías, se creía el amo del lugar, aunque todos le ignoraban, le ignoraba incluso aquel chico de granos y orejas grandes que tenía mirada maliciosa.

Se sentó en la barra y pidió su típica cerveza negra. Con aplomo miró el reloj y vio como pasaba un cuarto de hora. Media hora. Una hora. Nada emocionante, como de costumbre.

Entonces ocurrió algo que le hizo levantar la cabeza de su vaso. En aquel preciso instante fue como si entrara en el bar la luz del exterior, a pesar de que afuera estaba muy oscuro, pues ya eran las 2 de la mañana.
Una chica de aspecto asustado entró. Cerró la puerta tras ella y se dirigió a la barra, junto a él.
-Mmm - dijo al camarero, que la miraba extrañado - ponga me un café, solo.
El camarero se dio la vuelta y preparó el café.
Max observó detenidamente a la chica. Era joven, tendría unos 18 o 19 años. Tenía una melenita rubia oscura y una flequillo que le taba media cara. Vestía pantalones vaqueros y una chaqueta de lana vieja. Llevaba una mochila al hombro y una bolsa de viaje en la mano.

El camarero se dio la vuelta y le dio el café. La chica rebuscó en su monedero en busca de dinero para pagar. Parecía nerviosa, le temblaban las manos.
-Espera - dijo Max, rebuscando en su bolso - yo te invito.
Sacó varias monedas y pagó el café.
-Gracias... -dijo la chica, sonrojándose.

Se llevó el café a una mesa apartada. Max la miró alejarse y al poco rato ya estaba sentado a su lado. La chica la miro, de nuevo nerviosa.
-Oye, gracias por el café... Pero...
-Tranquila - dijo Max- te prometo que no te haré nada, solamente quiero saber si...necesitas ayuda.
-¿Ayuda? - preguntó ella, sorprendida - ¡Oh, no! Estoy bien....
-¿Seguro? No sé, pero tienes pinta de ser una fugitiva, que quieres que te diga...
-¿Y qué pasa si lo soy?
-No, nada... Pero me da la sensación de que planeas una huida. ¿Puedo ayudarte a planear esa huida? ¡Vamos, me aburro mucho! ¡Déjame ayudarte!
-Para tu información - dijo ella, con cara de satisfacción - ya lo tengo todo planeado.
-Ajá... Una pena. ¿Y se puede saber de qué o quién huyes?
-Mmm... Eso no importa...
-Claro que importa... es la razón de todo. De todo tu plan - dijo Max, sonriendo para darle ánimos mientras bebía un trago de la cerveza.
-Huyo de todo y de nada a la vez.

Max la miró expectante, ella suspiró y comenzó:
-Huyo de la ciudad, no quiero ser observada nunca más por ella. Quiero ir a un sitio donde sea una más, donde nadie me conozca. No dejo a nadie atrás. O quizás los deje a todos atrás, no estoy segura. Puede que todo sea más fácil de ahora en adelante, o puede que no. Puede que sea muy difícil. No sé si podré huir realmente, puede que nunca pueda desencadenarme del todo de esta ciudad. O puede que sí, puede que de verdad sea un comienzo desde cero. No huyo por ninguna razón en especial, o quizás la única razón sea esa, que aquí nada me interesa ya. ¿Echaré esto de menos? ¿Volveré? Nunca lo sabré si no me lanzo a la aventura.

Max asintió y reflexionó aquellas palabras un rato. Finalmente dijo:
-¿Puedo ir contigo?
-No - dijo ella - ¿qué te hace pensar que quiero que vengas?
-Bueno... no me conoces. Entre nosotros será realmente comenzar de cero. Puede que si te vas y no sabes nunca nada más de mi estés el resto de tu vida preguntándote que fue de aquel chico del bar que te invitó a un café y que quería fugarse contigo porque se quedó enamorado de ti nada más verte entrar por esa puerta. Tienes si no la opción de conocerme. Será otra aventura dentro de otra.

La chica se lo pensó un rato.
-Puede que tengas razón... - todavía no parecía del todo convencida.
-¿Cómo te llamas?
Ella no contestó, simplemente se mordió el labio y se miró las uñas de las manos.
-¿Te atreves a lanzarte? ¿Comenzamos esto juntos? Será más fácil si somos dos. Yo tampoco tengo nada mejor que hacer.

Ella sonrió y le miró a los ojos:
-Amanda.


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