martes, 20 de julio de 2010

Las lágrimas no se hicieron de rogar y cubrieron pronto sus mejillas. Tras un pequeño hipido se limpio la humedad de las gotitas que sembraban su rostro con el dorso de la mano.
Cogió entre sus manos el mechero verde que había dejado apoyado en la otra esquina de la mesa donde estaba apoyada para prender su llama, con el gas al máximo. Sin embargo no fue capaz y de nuevo lo azotó.
Tocó con las llemas de los dedos todas aquellas viejas fotografías donde salían rostros sonrientes, jóvenes e inocentes. También estaban aquellos billetes de autobus, de tren y de metro, todos los mapas y planos de ciudades que había recorrido. Había postales de todos los rincones que había pisado.
No era capaz de quemar aquella parte de su vida.

Con resignación miró las cajas que había amontonado en el centro de la habitación, llenas de objetos, pequeños tesoros que con los que había ido haciendose a lo largo de los años. Había ropa, flores disecadas, un frasco con conchas y arena, otro con llaves, monedas, souvenirs baratos de tiendas...¿Qué haría con ellos? No podía quemarlos como a los papeles que había sobre la mesa. Tendría que llevarlos a un contenedor de basura. Pero sabía muy bien que tampoco tendría valor de hacerlo.

Se había propuesto acabar con todos aquellos recuerdos. Recuerdos que no paraban de evocarle tiempos mejores, cuando las cosas eran sencillas, cuando vivía una vida fácil y despreocupada donde lo importante era pasarselo bien.

Ahora sin embargo todo era muy diferente. Su vida era un remolino de soledad, angustia y nostalgia. Sabía que no volvería a ser joven y que era imposible dejar de envejecer. Sabía que todos lo que habían ido quedandose atrás no iban a volver. También sabía que ella no tenía cura. Nada podía frenar aquella enfermedad que la iba matando lentamente.

Recordó el día en el que comenzó a sentirse mal y había acudido al médico a por un remedio, extrañada. También recordó la cara del doctor al decirle lo que realmente sucedía, y todavía podía notar en el pecho aquel pinchazo, como un puñalada, que había sentido al comprender de golpe las cosas. Todo había encajado, ya sabía porque cada día su imagen en el espejo la miraba con peor aspecto.

Ahora las lágrimas habían perdido su timidez y lloraba gimiendo. Se acurrucó en la cama, echa un ovillo, mientras se tapaba con la vieja manta de lana que había doblada a los pies de la cama.
Estaba débil, su piel había palidecido mucho, a menudo pensaba que si seguía así se convertiría en un ser translúcido. Había perdido la fuerza y cada tarea doméstica le costaba el doble que hacía unos años.

Pensó que aquello era horrible, saber que no le quedaba demasiado tiempo de vida y que puede que el próximo minuto fuera el último. Era una horrible espera que no estaba segura querer soportar.
El fin estaba cerca, lo sabía.


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