sábado, 15 de mayo de 2010

LLovía a cántaros, pero daba igual, tenía una misión entre manos y debía cumplirla.
LLegó al lugar donde habían quedado y esperó pacientemente. De nuevo ella llegaba pronto y él de nuevo llegaba tarde. Sacó su cajetilla de cigarrillos y aspiró profundamente el humo, le esperaba una tarde larga, pero al fin y al cabo lo hacía por la amistad.
Le vio llegar a lo lejos y arrojó el cigarrillo a un charco, recordando con una sonrisa que a él no le gustaba que ella fumara. Decía que era malo para los pulmones, quien sabe...

De nuevo fueron a la cervecería oscura, si las paredes hablaran...
Ella escucho, como era habitual, todos sus problemas, intentando una vez más dar el mejor consejo posible y tratando de ponerse en su lugar para entenderle mejor. Paciente como siempre. Sin levantar la voz ni enfadarse por las imprudencias de su amigo, sin escandalizarse por las malas acciones.

Después de tres, o quizás cuatro horas ambos decidieron que ya era el momento de volver a casa. Él no llevaba paraguas, así que ella se lo dejó, ya se lo devolvería otro día. Él, sonriendo, echo a correr a su casa, dejándola a ella empapándose y pensando en todas las cosas que no le había podido decir. Prendió un cigarrillo mientras esperaba a que el semáforo se pusiera en verde, dandose cuenta de que ella no había podido contarle todo lo que la inquietaba ni sus propios problemas. ¿Por qué? Porque el no se lo había preguntado. Entonces...¿era aquello amistad?

Con resignación echo a andar. Cierto, no se había acordado, ella no le importaba a nadie. Parecía mentira que aquellas alturas de la vida no se acordara de que nadie se preocupaba por ella. Una lágrima resbaló por su mejilla. Ella solo era una espectadora de la vida de los demás. Podía opinar, no podía intervenir. Su vida no era nada más que una miserable mota de polvo de la que nadie se acordaba nunca.

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