sábado, 24 de abril de 2010

Ya no había en sus ojos emoción alguna. Parecía que ya no irradiaba aquella luz a su alrededor. En su boca ya no se dibujaba esa sonrisa pícara y traviesa. Su rostro era una máscara carente de expresión. Ya no le importaba nada, no cuidaba ya su físico ni escuchaba sus discos de rock, ni siquiera leía aquellos viejos libros que coleccionaba ni veía las películas del oeste que tanto le gustaban en otra época. Ya solo quedaba su nombre, como un susurro en el viento. Simplemente estaba muerta, solamente vivía en la memoria de aquellos que la habían conocido cuando todavía era una simpática y dulce chica, rebosante de vida. Estaba muerta desde que aquel infeliz que se había cruzado en su camino le había robado su motor, lo que la hacía funcionar: su corazón. Era una situación díficil, cuando te rompen el corazón siempre queda una mínima esperanza de poder repararlo, sin embargo cuando no se tiene ya no es sencillo encontrar otro.


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