viernes, 16 de abril de 2010

Ójala fuera una niña de esas dulces e inocentes, que seducen con su tierna y encantadora sonrisa sin querer y que meriendan pastas con té. De esas que tienen miedo a los bichos y tienen una piel blanca y perfecta. De esas que sueñan con príncipes y se imaginan un mundo mejor donde todo sea paz y armonía. De esas que su color favorito es el rosa y adoran quedarse en casa las tardes de lluvia mirando por la ventana, junto a una cálida chimenea, con sus pinturas de colores. De esas que leen cuentos de fantasía y creen en la justicia y el amor verdadero. De esas que huelen siempre bien, y que tienen flores en su ordenada habitación.

Pero sin duda alguna lo que más envidio de estas niñas es que no están obligadas a madurar rápido. No tienen a nadie al lado pinchando y diciéndoles que tienen que crecer de una vez, nadie les dice que no siempre se es joven y que hay que hacer frente a la vejez. Sí, es eso lo que realmente envidio, yo todavía quiero jugar, es muy pronto para despertar, quiero seguir durmiendo y soñando tranquilamente...


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