miércoles, 24 de febrero de 2010

Fue como si mil agujas se clavaran en mi corazón. Cuando le vi en brazos de aquella intrusa no supe que hacer, me sentía herida y traicionada.

Lo más desconcertante de la situación no era sus caras de felicidad, ni aquella ternura que emanaban, si no que la chica se parecía extrañamente a mi. Era como ver a una actriz interpretar mi papel.

Cuando miré a los ojos del que había sido mi Todo una fría mirada me atrevesó. Fue una extraña sensación, como si de repente me quitara la ilusión y la esperanza. Me sentí desnuda. Creía que estaba ardiendo, pero congelándome a la vez. Escalofríos, algún que otro mareo y un cansancio que se apoderó de mi. Era como si fuera una simple mosca, inofensiva e indefensa, atrapada en sus redes de araña, poderosa y mortal.

Estaba plantada delante de ellos, no hablabamos, pero en aquellos instantes fue como si nos leyeramos el pensamiento. Triunfo en los ojos de su nueva amante, impotencia en los míos, mezclados con tristeza, y en los suyos orgullo y decisión.

Quizás fuera eso lo que más dolía... aquella decisión, que no daba lugar a dudas: yo no debería estar allí, yo sobraba en aquella escena.

Así que desaparecí, mi intervención acabó. Me alejé, con su mirada clavada en mi nuca. Al doblar la esquina las lágrimas llegaron, y fue como si aquella pistola imaginaria disparara finalmente, dando de lleno en mi alma.





Repito lo dicho: mi poca inspiración parece haberse esfumado.

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