miércoles, 6 de enero de 2010

La princesa llegó a casa tras otro día más entre las gentes de su reino.
Al llegar se miró en su espejo y su perfecto reflejo le devolvió la imagen. Era toda una muñeca, vestía con delicados vestidos de la mejor tela que podía encontrarse por el lugar, su figura perfecta y su larga melena rubia llena de graciosos bucles que más de uno habrían deseado poder acariciar.
Y lo mejor de todo era su rostro: blanco como la nieve, con unos labios rojos pequeñitos que los hacía parecer apetitosos, su naricilla respingona y sus enormes ojos azules que brillaban como estrellas en una oscura noche de invierno.

Suspiró mientras se sentaba en su tocador, peinado con suma delicadeza su hermoso cabello. Miles de príncipes la codiciaban, la querían atrapar en sus garras, siempre había sido así. Simplemente era deseada por todos y no había vuelta de hoja.

Sin embargo, había alguien que parecía inmune a todos sus encantos de princesa y aquello le molestaba profundamente. Estaba confusa, ¿como era posible que un simple plebeyo no se fijara en ella? ¡Ni siquiera la había mirado! Y eso que aquel día llevaba su vestido favorito, aquel azul oscuro que combinaba tan bien con sus ojos y su pelo. ¿Es qué aquel chico no era humano, o qué?

Enfada, dio un manotazo a su reloj de oro que yacía sobre el tocador. No se iba a dar por rendida. Tenía que atacar con sus mejores armas cuanto antes.















Al día siguiente, la princesa fue de nuevo a buscar a aquel joven de mirada indiferente, con una pizca de malicia y un toque de crueldad, para aplicar sus dotes de seducción.

Cuando le vió a lo lejos una macabra sonrisa asomó en los labios de la princesa. Tenía que ser suyo. Completamente suyo.

Entonces la princesa se paró en seco. Allí, al lado de su codiciado amado había una intrusa.
Se trataba de una plebeya más, con aspecto ordinario. Era feucha de cara, con los ojos separados y de un color marrón apagado. Tenía una melena despeinada y sin vida y una silueta que no podía ni compararse con la suya.

Pero lo más extraño de todo era la actitud que él procesaba hacía ella. La miraba con ternura, y la rodeaba suavemente con su brazo como si no quisiera que se fuera nunca de su lado. Le sonreía y le hablaba con dulces palabras. Había algo más que cariño en aquella escena, había amor.
Y la princesa lo vió.

Despechada, comenzó a gritar y a llorar con rabia. Corrió hacía su castillo con ira y furia. Cogió unas tijeras y comenzó a cortar en jirones su vestido, luego comenzó a cortarse en las manos, el pecho, la cara... Y con las tijeras todavía en manos salió a su jardín y se revolcó en el la tierra, quedando solo una sombra de su anterior belleza.

Se hizó de noche y, mirando hacía la luna llena, la princesa comenzó a respirar agitadamente y sin previo aviso cogió de nuevo las tijeras que nunca había soltado y fue a buscar a aquella desgraciada que había osado creerse más que ella.

Cuando la encontró, en manos de su hombre, se acercó a ella con ánimo de clavarle sus tijeras en el corazón sin piedad. Sin embargo, el amado se precipitó a interponerse entre el pecho de su doncella y las tijeras de la princesa y recibió una puñalada mortal en el pecho.

La princesa, horrorizada vio como la dulce plebeya lloraba y creyó que se lanzaría a ella con ansias de venganza. Pero ni siquiera la miró.
-Te amo- dijo a su amado que ahora yacía muerto en sus brazos.
-Yo también te amo- fueron las últimas palabras del joven mientras cerraba los ojos sin tan siquiera dirigir una mirada a la princesa.

Y dicho esto, la amada le arrancó las tijeras y se las clavó en su propio pecho, sin mirar a la princesa, exactamente igual que su amor.






La princesa no pudo por menos que volver a su castillo, y desde aquel día no volvió a ser la misma niña caprichosa.
Se entregó a su reino, luchando por causas justas y cumpliendo sus deberes con la máxima nobleza posible.
Todos la recodarón como una mujer sacrificada que hizó mucho por la sociedad.

Sin embargo, la princesa jamás volvió a fijarse en ningún hombre. No estaba preparada para amar. Había acabado con la vida de la única persona a la que había querido, y había destruido un claro ejemplo de amor en estado puro.

Quizás ese fuera el precio de aquella vida sacrificada, la falta de amor...






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