domingo, 3 de enero de 2010

ÉL

Era sábado, no hacía falta mirar el calendario para saberlo.
Simplemente se sabía, bastaba con mirar el suelo lleno de vasos y basura en general. Se oían voces de adolescentes riendo y gritando tonterías, desperdiciando otro sábado más de sus vidas en los bares de la ciudad.

Y allí, en uno de los bares más pequeños y oscuros también era sábado.
Olía a tabaco y alcohol, los dos componentes indispensables para que todo marchase a la perfección. Incluso por algunas esquinas podía olerse a disimulados porros que daban la nota de psicodelía a aquel alejado bar del bullicio donde se reunían sábado tras sábado diversos personajes cuyas identidades eran desconocidas para el resto del mundo. Sin embargo ellos se entendían y se lo pasaban bien, también tenían derecho, ¿no?

Rockeros con aires sesenteros fuera de onda, algún que otro punkie de palo, nostálgicos de los 80, heavys con melenas y chupas de cuero, intelectuales con gafas cuadradas de pasta negra, un gótico por aquí y otro por allí, algún hippie ocasionalmente... Es decir, personajes que no tenían cabida en otros lugares de la pequeña ciudad.

Estos personajes debatían sobre música o mismamente sobre la vida que les rodeaba. Reían a grandes carcajadas, podían estar tranquilos, se encontraban entre los suyos y allí nadie iba a juzgarles por su forma de pensar o simplemente de su aspecto. Bebían cerveza tras cerveza mientras los altavoces escupían canciones que parecían prodeceder del propio infierno.

Sin embargo, a veces la puerta de la calle se abría y entraba algún intruso. Alguien a quien no podían echar con palabras, y entonces no les quedaba otro remedio que desear con todas sus fuerzas que la intrusión terminara lo antes posible.

Aquel sábado del que os hablaba la puerta se abrió. Y por ella entró la última persona a la que habría deseado ver.
¿Qué demonios hacía ÉL aquí? ¡Aquel era mi satuario, el lugar donde podía refugiarme de mi día a día y ÉL lo sabía! ¿A qué jugaba?

El indiseable se dirigió a la barra. No venía solo, le acompañaba su séquito de amigos que también desentonaban en aquel ambiente con su humor barato y su ropa de marca cara.
Cogieron unas cuántas cervezas y se aproximaron a la mesa más cercana a la mía. ¡ÉL lo estaba haciendo a posta, estaba claro!
Sin embargo no le dirigió la palabra, simplemente levantó la cabeza en forma de saludo para indicarme que me había visto y se contentó con mirarla por el rabillo del ojo y hablar con sus amigos mientras la cerveza iba desapareciendo a medida que el reloj corría.

Aquella situación estaba matándome, así que salí justo a tiempo para no tener que ver el espectáculo que ÉL tenía reservado para mí: una racción de besos, caricias y risitas tontas con su nueva amigita la pelirroja con cintura de avispa que se consideraba la más "guay".

Fuera estaban un pequeño grupo de conocidos y me acerqué a ellos mientras encendía un cigarrillo. Comenzamos a hablar y uno de ellos se acercaba a mi cada vez más, sin apartar sus ojos de mi ni un solo instante.

Puede que en cualquier otra ocasión me hubiese separado de él rápidamente, pero en aquel preciso momento no me apetecía. Y tampoco me aparté de él cuando de repente me encontré a pocos pasos de allí, apoyada en una esquina y sintiendo los labios de aquel chico moreno y con gran nariz recorrer mi cuello y mis labios con pasión.
Reaccioné a sus excitados susurros aferrandome con más ansía a su cuerpo, como si se tratase de un trozo de carne y yo fuera una fiera ávida de comida que llevarse a la boca.

Paramos un momento para respirar y dijo:
-Tomemos algo con los demás y si quieres podemos ir a mi casa, no hay nadie hoy y tenemos vía libre para estar más a gusto y solos.
-Bien.

Sí, me pareció una idea perfecta.

Nos cogimos de la mano (en realidad fue él quien me cogió la mano, pero no me importó y simplemente me dejé guiar por él) y llegamos de nuevo con la gente, a la puerta del bar.
-Voy a por una cerveza, espera aquí, vuelvo en un minuto.
Asentí con la cabeza y me senté en el escalón de un portal que había junto al bar.

En ese preciso instante salió por la puerta ÉL y me buscó con la mirada hasta que me encontró.
Se sentó a mi lado y dijo:
-Me han dicho que estabas liándote con ese yonki de mierda.
-Sí - contesté sin ni siquiera mirarle.
-Joder tía, ¿por qué cojones lo has hecho?
-Mmm...¿por qué cojones te pillas tú a la pelirroja inmadura esa de ahí dentro?-pregunté, con la vista fija todavía en mis manos.
-¡No compares! Ella es una buena chica, y además me gusta, ¿vale?
-A mi también me gusta el yonki - dije. Mi vista ahora se posó en los cordones de mis zapatillas.
-No puede gustarte en serio, joder. No puedes caer tan bajo.
Entonces le miré directamente a los ojos, desafiante y le dije:
-Oye, quizás no sea un niño como tú, que tiene de todo y es feliz con sus amigos de quita y pon y sus novias de plástico. No estoy cayendo bajo, solamente me estoy relaccionando con gente que es como yo. ¡Este es mi sitio, aquí tú eres la pieza que sobra!
-Veo que no se puede razonar contigo. Pero es tu problema, creía que éramos amigos. Quédate con esta gentuza si quieres, no voy a impedirtelo.
-Ya es tarde para que intentes hacerte el bueno conmigo. Yo no encajaba en tu mundo, lo sabes. Un minuto más a tu lado y... - dije, mientras me levantaba.
-¿Y?
No respondí y ÉL suspiró:
-Es mejor que las cosas sigan como están.
Asentí.

En aquel momento la pelirroja y sus amigos salieron a la vez que el otro chico con la cerveza en la mano, que se dirigió hacía mi mientras le lanzaba a ÉL una mirada desafiante.
La pelirroja le cogió del brazo y comenzaron a bajar la calle.
El yonki me rodeó la cintura con un brazo y me atrajó hacía él, abrazandóme mientras yo miraba como ÉL se perdía de vista mezclado con las risas de sus amigos, sin embargo aún notaba su mirada intensa sobre mí, su olor, su presencia...y mi amor hacía ÉL, que no había desaparecido, aún.


Comenzó a llover, algo que me pareció muy práctico, puesto que así las gotas de lluvia se confundirían con mis lágrimas.


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