lunes, 4 de enero de 2010

El reloj marca las 2 de la mañana, pero una vez más no puedo dormir.
Estoy tumbada en mi cama, aferrada a mi suave y mullido cojín, mientras miro fijamente hacía el cielo estrellado de la noche de julio que me ofrece la ventana abierta de par en par.

Solo se oye el motor de algún coche a lo lejos, y la canción Mr. Moon, de Mando Diao, que llena toda la habitación. Cuando acaba la vuelvo a poner. Una y otra vez. Me pasaré el resto de la eternidad escuchándola mientras me preguntó un simple "¿Por qué?".

En mi mano derecha sostengo una cadena con un colgante en forma de corazón que aprieto contra mi pecho. Ya no hay lágrimas en mis tristes ojos, solo una oscuridad y un vacío que dudo que pueda volver a ser llenado.

Por el suelo y sobre la colcha hay cientos de fotografías del dueño de mi corazón. Allá donde este espero que lo este tratando bien y no lo haya perdido y olvidado en cualquier parte. Y, aunque es duro pensarlo, no puedo con la idea de que lo haya tirado a propósito para deshacerse de él.

Los minutos pasan rápidamente, se convierten en horas y en días y voy envejeciendo a una velocidad alarmante, con ese dolor en el corazón que no hace más que crecer. Como dice la canción que resuena en la habitación continuamente parece que hay soldados gritando en mi alma para hacer más insufrible mi gran pena...

A mi me mente vienen preguntas como ¿qué estará haciendo? ¿quién estará a su lado? ¿en qué pensará? ¿donde estará? ¿volverá? ¿se acordará de mi?

Ya nada ha vuelto a merecer la pena realmente sin él. Todavía sigo yendo a pasear junto a su balcón no sea que por casualidad un día vuelva a ver aquella sonrisa traviesa y aquella mirada cariñosa que me hizo convertirme en ser hambriento de sus palabras y gestos...


...pero de momento no he tenido suerte.



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