martes, 17 de noviembre de 2009


Volvíamos a casa después del concierto, habíamos salido del abarrotado estadio corriendo para llegar los primeros al metro y viajar sin aglomeraciones.
Conseguimos nuestro objetivo, puesto que cuando llegamos a la estación el lugar estaba desierto, al igual que en el vagón, donde no había ni un alma.

Nos sentamos a nuestras anchas, disfrutando del agradable calor que hacía contraste con el frío de febrero de la calle.
-El concierto... ha sido brutal- reflexionó mi amigo, sonriendo.
-Sí...- respondí, pensativa, sin demasiado entusiasmo.
-No me gusta la cara que has puesto... ¿qué ocurre? ¿Es que no te han gustado esos magnificos solos de guitarra, o te ha desagradado la voz del cantante que ha sido capaz de hacer vibrar a 15.000 personas? No sé, quizás te hayas aburrido viendo a tus ídolos, o quizás ya no te guste la música...
-Corta el rollo - dije poniendo los ojos en blanco.
-¿Cuál es el problema, nena?- preguntó mi amigo, guiñandóme un ojo.
-Mmm... en realidad no estoy segura... Me lo he pasado fenómenal, y ha sido un concierto increíble... pero algo falla.
-No te entiendo.
-Bueno- comencé- es que en cierto modo me ha dado que pensar... Ir a un concierto es un momento tan... tan... ¡Mierda, no encuentro la palabra!

Me quedé pensativa un rato y finalmente proseguí:
-Al principio te enteras de que hay un concierto... luego, después de conseguir la entrada, te entran nervios, pero estas feliz porque sabes que la fecha va a llegar... Una semana antes del concierto esa felicidad crece... Y un día antes del concierto esa felicidad se mezcla con nervios... Pero nada como el momento en el que estas haciendo cola para entrar, los nervios se convierten en ansiedad, y esa ansiedad explota cuando oyes los primeros acordes de una canción, durante el concierto sientes que nada puede ir mal, y no quieres que se acabe nunca. Deseas estar todo el tiempo de tu vida que te queda saltando, bailando, cantando, gritando y en resumidas cuentas: sintiéndote bien.
-¿Peeero...?-preguntó mi amigo, levantando una ceja.
-Pero... el concierto acaba. Sabes de sobra que no puede durar eternamente, pero aún así quieres más, y odias ese instante de tortura en que debes de aceptar que el espectáculo a ha terminado, que es hora de irse y de que por el momento no hay más... Cuando llegas a casa y te tumbas en la cama y reflexionas te das cuenta de que no quieres aceptar que se haya acabado así como así y te preguntas porque todo ha tenido que volver a la normalidad, porque en la vida no hay más de esos momentos en los que te sientes así... Y tardas en asimilarlo. Piensas, que ya habrá más conciertos y finalmente consigues volver a seguir con tu vida.

Nos quedamos en silencio un momento, sin intercambiar palabra. Supuse que a mi amigo mis palabras le habían parecido una tontería más, una cursilada o una mala racha de mi cabeza.
Sin embargo me sorprendió cuando dijo:
-Entonces, creo que has comparado un concierto con... la felicidad. La palabra que estabas buscando es esa, felicidad. Un concierto es un momento feliz, y sabemos que en la vida no siempre hay momentos felices, por mucho que nos cueste admitirlo y pensarlo... Sin embargo, se debe de ser paciente y esperar al próximo concierto... porque puede que sea aún mejor.

Vaya- sonreí- creo que lo has entendido perfectamente.

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